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LA MESA COLONIAL
Asombra el simple recuerdo de la variedad y abundancia
de la mesa colonial. Aparte de la sopa teóloga, el
puchero, el pato en jerreque y el pavo relleno, las
gallinas asadas, las torrijas, la carapulcra, el
almendrado y los pichones que eran de imprescindible
presentación se servían hasta diez platos más Y esto
sin considerar las frutas y postres que no podían dejar
de coronarse con el celebre empanada después de la
leche asada y el maná.
Era necesario estar preparado para estas fantásticas
comidas. Porque no bastaba hacer honor al plato servido,
probándolo, picando como se decían entonces; sino que
consistía obligación de buena crianza y urbanismo,
aceptar de todo y repetir a pedido exigente de los
anfitriones.
Que poco come usted exclamaba la dueña del a casa,
cuando el invitado, después de ingerir de diez a guisos
suculentos no concluía con la siguiente. Y luego lo más
serio de todo, se obligaba, mediante el bocadito, que se
ofrecía al convidado, a seguir probando.
En torno a estas pantagruélicas comidas se sucedían
fenómenos curiosos como son el siguiente: Los brindis
eran de buena educación. De rigor eran los discursos.
Los aplausos consistían en golpear la cristalería, las
roturas de la pieza se festejaba ruidosamente. Los vinos
y champañas franceses pagaban poco o nada de impuestos.
La comida era abundante. Los anfitriones obligaban a
llevar a sus invitados piezas sobresalientes del
banquete. Al fin de la cena se ofrece la famosa
empanada, el tamaño de la empanada marcaba la categoría
de las grandes comidas. En vedes se requería la fuerza
de dos hombre expertos para colocarlos en la mesa.
En las fiestas populares, los platos criollos, el
picante y la chicha eran los favoritos.
Lima colonial recordó siempre el caso citado por Suardo,
del banquete al arzobispo Aria de Ugarte el 15 de
febrero de 1630 en que se sirvieron sesenta y cuartos
platos diferentes, guisados en el convento de la
Concepción
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