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1902 LA PLAZA DE ARMAS Y SU SAZÓN
¿Dónde se ven hoy esas nochebuenas antañeras que
realizábanse en la plaza legendaria los 27, 28 y 29 de
julio de cada año y ese ir y venir, alegre y
bullanguero, de las gentes por los portales y jirones
del centro?...
¡Dónde esa infinidad de vivanderas , buenas mozas casi
todas; aunque de un mestizaje endiantrado, muy bien
peinadas, con cintajos y flores de moño, y sus mandiles
blancos y largos, que, con días de anticipación,
peleaban los sitios de la Plaza que ellas creían
estratégicos, para armar sus rústicos y sencillos
puestos embanderados, con sus mesitas y bancas de
maderas, ollas y braseros grandes vasos y botijos,
faroles y demás menudos implementos propios de sus
apetitosas funciones;
En los bares circunvecinos sucedíanse manifestaciones a
la patria con sin igual entusiasmo. Los jóvenes
manifestantes recalaban en el aristocrático Bar de
Plateros de San Agustín.
Después de los fuegos, las familias se repartían,
visitando los bares y cantinas. Unas entraban donde
Capella, en el Portal de Escribanos; otras se
encaminaban hacía las Heladerías de Castillo, en
Filipinas y de gran Ramírez en el Arzobispo y las más
acuartelábanse en los Cafés “Humberto” y “Maximiliano”,
situado, frente a frente, en la plazuelita de
Desamparados, donde se amanecían, bebiendo y oyendo
música de valses, polca y mazurca.
Pero los que se quedaban en la Plaza gozaban mejor que
nadie; sin lugar a duda. Invasión completa a las mesas
de las vivanderas. “Señor, señorita, decía una aquí está
lo bueno, dentre paque prueben“, y otra: “Tres
buñuelos calientitos por dos reales y dos anticuchos por
medio”. Más allá se repetía: “En ninguna, parte se come
como aquí, mondonguito , charqui y patitas con maní “. Y
las tamaleras y humiteras que olían a puro chancho y
puro manjar blanco. Todo acompañado con pisco y chichas
de diferentes clases, a cual más exquisita.
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